La carpa común, introducida de manera no autorizada en el río Negro hace más de 20 años, avanza sin control por los ríos patagónicos, afectando el ecosistema y la actividad turística.
Desde hace décadas, la carpa despierta opiniones encontradas entre los pescadores. Históricamente considerada una plaga en la provincia de Buenos Aires, la discusión se ha trasladado a la Patagonia, donde su expansión no se detiene. En particular, la problemática se concentra en los ríos Negro, Limay y Neuquén, donde la especie avanza de manera sostenida desde hace más de 20 años.
La carpa común (Cyprinus carpio), introducida sin autorización en el río Negro alrededor de 2002, se ha convertido en una de las invasiones biológicas más preocupantes de la región. Lo que comenzó como una presencia aislada derivó en una colonización extendida, con registros que, con el tiempo, alcanzaron también a las cuencas del Limay y el Neuquén. Según informes regionales, hacia 2005 ya se habían detectado ejemplares en estado salvaje en la cuenca media y baja del río Negro.
El río Limay, que nace en el lago Nahuel Huapi y atraviesa ambas provincias regulado por represas como Piedra del Águila, El Chocón y Arroyito, tampoco quedó al margen. Se cree que la carpa llegó a este sistema a través de aves, afluentes naturales y canales artificiales, lo que demuestra su enorme capacidad de adaptación.
La velocidad de expansión de la carpa tiene una explicación biológica contundente. Su capacidad reproductiva supera ampliamente a la de otras especies: puede liberar hasta 30.000 huevos por kilo de peso, mientras que la trucha produce cerca de 1.000 y el pejerrey alrededor de 3.000. Esta diferencia resulta clave para entender su crecimiento exponencial y la dificultad para controlar sus poblaciones.
Especialistas advierten que podría superar barreras naturales como la represa de Arroyito, lo que ampliaría aún más su área de distribución. A esto se suma su capacidad de dispersión por vías poco convencionales, como reservorios artificiales abastecidos con agua del río Negro.
El comportamiento alimenticio de la carpa genera efectos visibles en el ambiente. Al remover el fondo en busca de alimento, aumenta la turbidez del agua, afectando a especies que dependen de ambientes claros. Su dieta incluye vegetación, moluscos, insectos y organismos del fondo, y también consume huevos de otras especies, lo que impacta directamente en la reproducción de peces nativos. Los salmónidos y otras especies de valor deportivo y turístico podrían verse particularmente afectados, poniendo en riesgo una actividad económica clave para la región.
El escenario se complejiza con el cambio climático. El aumento de las temperaturas y las modificaciones en los caudales generan condiciones cada vez más favorables para la carpa, facilitando su asentamiento y expansión en ríos que históricamente tenían aguas frías y rápidas.
En Argentina existen al menos 40 especies de peces no nativos, de las cuales 18 son consideradas invasoras. En la Patagonia, una región con alto nivel de endemismo, solo 15 de las 29 especies registradas son autóctonas, lo que agrava el impacto potencial de estas introducciones.
Ante la imposibilidad de erradicar completamente la especie, distintos actores comenzaron a replantear estrategias. Una de las medidas más concretas es fomentar su captura, como ocurre en Neuquén, donde se permite su extracción sin límite diario. El objetivo es reducir la presión sobre el ecosistema, incentivando a pescadores deportivos y comerciales a intervenir activamente en su control.
En paralelo, organismos como el INTA avanzan en alternativas productivas, como incorporar la carpa a sistemas de acuaponía, transformando un problema ambiental en un recurso aprovechable. Estudios recientes indican que, al menos en algunos sectores como el Limay inferior, el pejerrey patagónico continúa siendo la especie dominante, pero los especialistas advierten que esta situación podría cambiar rápidamente si la expansión de la carpa continúa sin medidas efectivas.
La comunidad científica coincide en que es necesario avanzar en políticas públicas más firmes, orientadas tanto a prevenir nuevas introducciones como a gestionar las especies ya instaladas. El tiempo juega en contra: la expansión de la carpa no se detiene, y los sistemas fluviales de la Patagonia enfrentan una presión creciente que pone en riesgo su equilibrio natural.
