Tras dos décadas de escándalos y promesas incumplidas, la ciudadanía enfrenta una crisis de credibilidad que pone en jaque el vínculo entre representantes y representados.
La disyuntiva existencial que atraviesa al ciudadano argentino ya no pasa por el ser o no ser, sino por algo más terrenal: creer o no creer. Frente a una clase política que ha transformado la representación pública en un negocio privado, el escepticismo dejó de ser una postura filosófica para convertirse en un instinto de supervivencia.
A lo largo de las últimas dos décadas, los argentinos han sido testigos de una devaluación de la palabra pública. La confianza, pilar indispensable de cualquier pacto democrático, fue erosionada por quienes juraron defenderla. El descreimiento generalizado no es un capricho sociológico, sino la consecuencia lógica de un sistema que ha visto repetirse escándalos de corrupción con el mismo resultado: el enriquecimiento ilícito de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría.
La Justicia, que a veces actúa con celeridad en ciertos casos pero se vuelve lenta o cómplice en otros, permitió que la corrupción pase de ser la excepción a ser el procedimiento estándar. La impunidad como norma ha erosionado cualquier atisbo de fe en las instituciones. Los discursos de sacrificio exigidos al ciudadano contrastan con los privilegios de quienes ocupan el poder.
Existe una desconexión abismal entre la dirigencia y la calle. En campaña, el político se disfraza de vecino empático, besa niños y promete soluciones mágicas. Pero tras los comicios se activa una amnesia selectiva. La apatía de la clase política hacia sus votantes es total: se gobierna desde una burbuja, de espaldas a la inflación, la inseguridad y la falta de oportunidades.
No creer es la reacción natural ante un Estado fallido y una dirigencia cínica. Sin embargo, el gran desafío de la Argentina no es solo estabilizar su economía o cerrar la grieta, sino lograr que surja una dirigencia que entienda que el poder no es un cheque en blanco, sino una responsabilidad que desde el regreso de la democracia ha sido traicionada.
En paralelo, desde el ámbito educativo se plantea la necesidad de pasar de la integración a la inclusión real, transformando el sistema para hacer lugar a la singularidad. Y en lo económico, se insta al presidente Javier Milei a priorizar la microeconomía para que los salarios superen la inflación y el costo de vida, evitando que el descontento social crezca.
