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Jorgelina Aruzzi: del éxito televisivo a su nuevo desafío teatral con «El ser querido»

La actriz y comediante argentina presenta su obra como autora y codirectora, una historia sobre el cuidado de un ser amado, el humor como herramienta y su mirada sobre la industria.

Entre las butacas vacías del Teatro Astros, a pocos días del estreno de su obra El ser querido, Jorgelina Aruzzi se mueve con la naturalidad de quien conoce todos los pliegues del oficio. Su manera de hablar, serena y reflexiva, condensa años de escenario, televisión y una construcción paciente de su identidad artística.

Viene del humor, de ese territorio muchas veces subestimado, donde forjó una voz propia desde sus primeros pasos en El palacio de la risa y VideoMatch, programas en los que tensó el límite entre la risa y la observación social. Su recorrido fue deliberadamente ecléctico: transitó la televisión popular, el teatro independiente, los grandes formatos y las apuestas más íntimas, siempre con la premisa de no repetirse.

Aruzzi tiene muchas referencias: es la de Chiquititas, la pediatra de El hombre de tu vida y la comedia 100 días para enamorarse. Un varieté que la llevó a escapar del encasillamiento y a moverse con igual solvencia entre géneros, como en El primero de nosotros.

—Se acerca el estreno de El ser querido, obra que escribiste y codirigís junto a Dalia Elnecavé.

—Sí, es una obra que escribí hace un par de años y tenía ahí en carpeta. Con mis unipersonales, suelo moverme desde la autogestión. Cuando encuentro un espacio o tiempo donde no hay proyectos ajenos, me tiro a la pileta. En este caso, se lo acerqué a mi amiga Andrea Stivel, le interesó y eso activó el proceso de producción.

—La obra transcurre en un hospital, con una mujer que cuida a su marido. ¿Qué te interesaba explorar?

—Me conmueve pensar en quienes cuidan durante largos períodos a sus seres amados. Qué pasa con sus vidas, cómo transforman sus vínculos. En la obra, ella lleva cinco años en un hospital acompañando a su marido, un músico. Quería contar ese desgaste, esa entrega y esa identidad que se sostiene en medio de todo, incluso desde la música.

—En el afiche aparecés con una guitarra, casi como una rockera.

—Porque la protagonista cree en el milagro de la música. Hay momentos en los que canto a capela o toco lo que puedo, porque tampoco soy música. Pero hay algo del rock nacional, de esas canciones que nos marcaron a los de nuestra generación, que hoy tenemos 40 o 50 años, que construyen identidad. También habla de quedarse anclado en una época como manera de resistir lo que está pasando.

—¿Hay experiencias propias en la obra?

—Experiencias propias, historias de amigas, relatos que fui escuchando. Me interesaba ese punto en común cuando alguien se enferma: quién se queda, quién se va, quién ayuda. Es un tema universal. Todos, en algún momento, nos enfrentamos a ese lugar de cuidar o ser cuidados.

—Fiel a tu trayectoria, la obra parece sobrevolar el drama a través del humor.

—Es que a mí me gusta transitar todas las emociones. El tema es muy duro, entonces el humor aparece como una herramienta indispensable. Es la forma que tengo de contar lo doloroso sin que sea insoportable. El público entra desde la risa, y ahí, casi sin darse cuenta, aparece la reflexión.

—Un equilibrio que venís forjando desde tus comienzos.

—No suelo pensar en mi carrera porque tengo la sensación de todo el tiempo estar revalidándome. El humor fue mi puerta de entrada y sigue siendo mi forma de vincularme con los demás. Pero también necesito desafiarme. La autogestión me permite eso; si no me dan ciertos roles, me los creo yo.

—El humor, históricamente, fue un territorio muy masculino. ¿Cómo viviste ese contexto?

—Sigue siendo bastante machista, aunque hay cambios. En mis comienzos era muy evidente y había que imponer una mirada propia. El humor muchas veces utilizaba a la mujer desde lugares estereotipados y yo intentaba correrme de eso. Hoy hay más espacio, pero también hay choques. Es algo que se sigue disputando.

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