La ansiedad silenciosa que genera el simple acto de ingresar a un espacio de entrenamiento tiene nombre: gymtimidation. En Argentina, el 69% de las personas entre 23 y 38 años encuentra barreras emocionales para hacer actividad física.
Hay mujeres que conocen de memoria el horario en el que el gimnasio está más vacío. No porque prefieran el silencio ni la tranquilidad, sino porque a determinada hora hay menos miradas, menos cuerpos que inconscientemente comparan, menos hombres ocupando la sala de pesas con una territorialidad que parece natural. Van a esa hora porque en otras se sienten incómodas, y la incomodidad ya les cuesta demasiado.
Hay un nombre para eso: gymtimidation. El término funde gym con intimidation y describe algo que, aunque tiene nombre en inglés, se siente en todos los idiomas: la ansiedad silenciosa que puede generar el simple acto de ingresar a un espacio de entrenamiento. No hace falta que nadie diga nada ni que pase nada concreto: alcanza con sentirse observada, con dudar de si se está haciendo bien el ejercicio, con notar que el cuerpo propio no encaja en el molde que el lugar parece exigir. Es un malestar difuso y persistente que, a fuerza de acumularse, empuja a las mujeres hacia afuera.
En Argentina, ese empuje tiene un contexto particular. Un estudio reciente reveló que el 69% de las personas entre 23 y 38 años encuentra barreras a la hora de hacer actividad física. Y muchas de esas barreras no son logísticas sino emocionales. No son datos aislados: son el fondo sobre el que se mueven las mujeres cada vez que entran a un espacio donde los cuerpos están expuestos, medidos, comparados. El gimnasio, en ese contexto, puede convertirse fácilmente en un espejo de todo lo que ya duele.
Mecha Di Pietro lo viene observando hace años. Entrenadora personal e Integrative Nutrition Health Coach, pasó mucho tiempo dando clases en plazas y espacios abiertos, principalmente a mujeres, antes de decidirse a abrir su propio proyecto. “Si a alguien no le gusta entrenar, aunque sepa que le hace bien, y encima la pasa mal cuando va, ya está: la estás expulsando. Esa persona está perdiendo la posibilidad de estar mejor, de llegar al último día de su vida en su mejor estado”.
El problema no es solo la incomodidad en sí. Es lo que genera. Porque cuando ir al gimnasio se convierte en una experiencia tensa, todo lo que rodea al entrenamiento se resiente: la motivación, la constancia, el disfrute. Y aparece el círculo vicioso que tan bien conocen las que ya lo vivieron: cuesta ir, entonces se va menos. Al ir menos, se pierde confianza. Al perder confianza, el espacio se vuelve más hostil. Hasta que se deja de ir.
La gymtimidation no opera solo a través de miradas ajenas. Opera también desde adentro. El diseño del gimnasio (los espejos, los equipos muy juntos) agudiza las comparaciones corporales y genera sentimientos de inferioridad. La ropa que se usa funciona como un marcador de experiencia, y muchas mujeres adoptan la vestimenta más ajustada simplemente para no parecer fuera de lugar. Hay quienes no preguntan cómo se hace un ejercicio porque preguntar equivale a admitir que no saben, y otros que hasta sacan un ejercicio de su rutina porque no se animan a pedir ayuda.
Di Pietro tiene una estadística propia acumulada a lo largo de toda su carrera: “Todas las chicas que me escribieron para empezar a entrenar, en la primera sesión, faltan. El 100%. Te lo juro”. No lo dice como crítica. Lo dice como diagnóstico. El primer paso implica depositar una expectativa, una ilusión, una dosis de confianza propia que no siempre está disponible. “La segunda clase aparecen, y se quedan. Pero ese primer paso es el más difícil”. Detrás de esa ausencia hay miedos: a no poder, a no saber, a hacer el ridículo y a quedar expuesta antes de haber tenido tiempo de adaptarse.
Hay algo más profundo que opera por debajo de la incomodidad puntual del gimnasio, y tiene que ver con la relación que las mujeres argentinas construyen con sus cuerpos desde muy temprano. La delgadez como sinónimo de éxito no es una idea nueva ni inocente. “Desde que soy chica fue sinónimo de éxito”, dice Di Pietro, que tiene 37 años y habla desde la experiencia propia tanto como desde la profesional. “Después uno empieza a entender que a veces el disfrute y el bienestar tienen que estar alineados. Que bajar el estrés conectándote con gente, abrazar, hacer yoga, pegarle a una bolsa en tu peor día: eso también es bienestar”.
Esa ecuación, el cuerpo como problema a resolver en lugar de territorio a habitar, es la que convierte al ejercicio en algo cargado de expectativas difíciles de sostener. “Si vos te enfocás en un objetivo muy concreto y que no te toca una fibra tan profunda, es muy fácil que te desanimes cuando no ves el resultado rápido”, dice. “En cambio, si encontrás el propósito, si entendés que venís a construir un hábito y no a castigarte, ahí cambia todo”.
En ese contexto empiezan a surgir alternativas. Una de ellas, cada vez más visible, es la de los espacios exclusivos para mujeres. No como un gesto de exclusión sino como una forma de generar pertenencia, de bajar el volumen a todo ese ruido interno que el gimnasio convencional tiende a amplificar. Hace dos meses, Di Pietro abrió en Recoleta Moder Club.
