Un análisis que entrelaza la búsqueda de sentido personal, la realidad económica de los sectores más vulnerables y los desafíos del sistema de salud argentino.
Tengo marcado en el pecho / Todos los días que el tiempo / No me dejó estar aquí… (Gloria Estefan) ¿Qué es vivir? ¿Ser feliz, resistir los embates de la vida, soportar la depresión, la angustia, el pánico? ¿Amar, odiar, frustrarse? Todo eso y mucho más es vivir. La diferencia no es lo que nos toca a cada uno transitar en el colectivo de la realidad: lo único que cambia esa realidad es darle, o no, un sentido al dolor; elegir entre buscar o evitar el sufrimiento; aceptar o negarse a aceptar las condiciones de la existencia. Sentido y aceptación son clave para sobrellevar la más profunda depresión y no volverse locos, cuando el dolor atraviesa y parte al medio el alma humana. Cuando nos toca transitar la penumbra o la oscuridad total del sinsabor del día a día y el esfuerzo que exige un cometido propuesto se torna inhumano. Cuando las fuerzas físicas y anímicas se desvanecen en la rutina, resistir, de pie o de rodillas, no es un logro menor: es un triunfo sobre uno mismo. Un triunfo que perdura, un orgullo que no depende de las circunstancias ni del destino. En la más profunda oscuridad del alma, a veces, sobrevivir también es vivir, incluso a través del dolor que, si nace de nuestras convicciones, tarde o temprano se convertirá en el cimiento sobre el cual se erguirán la paz y la felicidad. El cuento de “la Aceptación” relata que, tras un largo período de tristeza, un sabio es visto feliz. Al preguntarle la razón, responde que su felicidad no proviene de la ausencia de tristeza, sino de haber dejado de luchar contra ella y aceptarla. La aceptación total de su estado emocional le permitió liberarse del sufrimiento que genera la resistencia. La verdadera paz mental no llega cuando forzamos la felicidad, sino cuando aceptamos todas nuestras emociones, incluidas las negativas, las más difíciles, sin juzgarlas.
¿El principio hedónico, la economía pura, el déficit fiscal, la estabilidad económica y otros conceptos económicos son comprendidos por las clases más bajas? La respuesta negativa se impone. Los que votan al Sr. Presidente, básicamente jóvenes a los que no les interesa la política “vieja”, son, eso sí, anti kirchneristas, lo que es lógico y razonable. En efecto, la gente de escasos recursos que vive al día (La Matanza, por ejemplo) lo único que quiere es que no suban los precios. Tienen razón, pues los precios suben sistemáticamente y no en la proporción que indica el Indec. Sin pretender entrar en un debate doctrinario por el fenómeno de la inflación, este “poderoso caballero” en palabras de Quevedo (Enrique Shaw, Inflación – Deflación – Crecimiento) no es un fenómeno tan solo monetario como indica el Presidente. La economía política involucra al factor humano, o sea, al individuo de carne y hueso que trabaja y que vive la diaria. Hoy existe pérdida de confianza en el esquema que propicia el Presidente, que pareciera haber olvidado a los sectores más bajos, pues más que la moneda y el control del déficit fiscal —que está bien— es al hombre al que hay que proteger. Tenga presente que la economía también involucra a la psicología y la sociología que apuntan al ser humano, y así lo han reconocido destacados economistas. En definitiva, la economía política estudia el acto económico que es, esencialmente, moral. Dr. Javier Ugarte, [email protected]
Una joven celebra en redes que está por recibirse de médica: sonríe frente a un hospital de PAMI, cuenta que compró flores y lloró en el subte. La escena conmueve y remite a lo mejor de la vocación. Pero al ingresar al sistema, esa ilusión se enfrenta con una realidad conocida: sobrecarga, escaso reconocimiento y condiciones que muchas veces no acompañan la responsabilidad asumida. No se trata de fragilidad individual, sino de un problema estructural que atraviesa al sistema de salud. Formamos profesionales con alto nivel técnico, pero no siempre garantizamos entornos adecuados para ejercer. El Juramento Hipocrático debería inspirar no solo el vínculo con el paciente, sino también el cuidado entre colegas y el respeto por la tarea médica. Sostener la vocación en este contexto es un acto de compromiso. Pero no alcanza con la voluntad individual. Hace falta una discusión seria sobre qué sistema de salud queremos y cómo cuidamos a quienes lo sostienen todos los días. Dra. Andrea Viviana Rodríguez, [email protected]
Como médico con 50 años de trayectoria en el área de discapacidad, me veo en la obligación ética de advertir sobre el colapso inminente del sistema de prestaciones. En cinco décadas de labor, pocas veces he presenciado una crisis de esta magnitud, donde el eslabón más débil es quien debería estar más protegido. Las personas con discapacidad están viendo vulnerados sus derechos más básicos. No son “expedientes”; son ciudadanos que, ante atrasos en los pagos y aranceles insuficientes, pierden sus terapias y su calidad de vida. Junto a ellos, sus familiares enfrentan una angustia constante.
