Un informe de ciberseguridad advierte sobre el uso masivo de inteligencia artificial para crear y difundir contenidos falsos sobre guerras, manipulando la percepción pública a escala global.
La creación de piezas audiovisuales falsas mediante inteligencia artificial, conocidas como deepfakes, alcanzó niveles críticos en la plataforma X durante recientes escaladas bélicas. Estos archivos simulan éxitos militares y bombardeos inexistentes con el objetivo de influir en la opinión pública internacional de forma inmediata.
Un estudio de la firma de ciberseguridad NewsGuard confirmó que las herramientas de IA generativa producen narrativas polarizantes que apelan directamente al miedo y la ansiedad de los usuarios. La investigación detectó que el 70% de los videos virales sobre supuestas derrotas enemigas en el Golfo contenían elementos de edición sintética o eran recreaciones de videojuegos presentadas como reales.
La herramienta de verificación Grok, integrada en la red social de Elon Musk, enfrentó cuestionamientos por validar información falsa extraída de publicaciones satíricas o hilos de propaganda. El chatbot confundió bromas de usuarios con noticias de última hora, generando resúmenes que daban por ciertos ataques ficticios. Las agencias de inteligencia occidentales identificaron granjas de bots que utilizan Grok y otros modelos de lenguaje para «verificar» noticias falsas en tiempo real, en una técnica de validación circular que otorga una apariencia de legitimidad.
La arquitectura de estos modelos prioriza la relevancia y el engagement por sobre la exactitud de los datos. En varios incidentes documentados, la IA describió explosiones en ciudades donde no se registraron movimientos militares, basándose únicamente en la frecuencia de palabras clave que circulaban en la red.
Los atacantes emplean la IA generativa para clonar voces de líderes políticos y mandos militares con el fin de emitir órdenes de rendición falsas. Estos audios circulan por canales de Telegram y grupos de WhatsApp antes de saltar a plataformas masivas, donde los algoritmos de recomendación los impulsan.
Empresas tecnológicas como Meta y Google implementaron marcas de agua digitales, pero los creadores de contenido malicioso encuentran métodos para eliminarlas. El uso de redes neuronales para detectar deepfakes demostró ser insuficiente ante el avance de los algoritmos de creación.
Las regulaciones internacionales todavía no logran contener la exportación de estas tecnologías hacia grupos paramilitares o servicios de inteligencia extranjeros. La falta de un marco legal global permite que desarrolladores operen en zonas grises mientras sus productos se utilizan para instigar conflictos mediante mentiras visuales.
La monetización a través de sistemas de reparto de ingresos de las plataformas incentivó a usuarios individuales a publicar falsedades. La búsqueda de clics lleva a cuentas con millones de seguidores a compartir deepfakes de combates sin una mínima comprobación.
El Centro de Análisis de Amenazas de Microsoft detectó operaciones coordinadas que vinculan la creación de imágenes por IA con campañas de desprestigio contra organismos internacionales, mostrando a trabajadores humanitarios en situaciones comprometidas o falsificando documentos de Naciones Unidas.
