El beso más famoso que Juliana le dio a Mauricio, el que le valió el último empujón antes de las elecciones y lo ayudó a ganar el debate presidencial, el que se convirtió en la imagen más repetida de la propaganda del PRO y hasta en materia de análisis para los medios, ese beso, en realidad, no fue lo que pareció.
No nació como algo espontáneo.
Fue planificado, meditado, fríamente calculado. Y fue Juliana quien lo propuso.
Desde el amor, eso sí.
Me lo confirmó el hombre detrás de esa escenificación, Jaime Durán Barba, el principal consultor del PRO.
El gurú ecuatoriano me dijo:
—Fue idea de ella y salió muy bien. Claro, lo preparamos un poco.
Hay que contar la historia en detalle.
El domingo 15 de noviembre de 2015, una semana antes del definitivo balotaje, Macri y su contrincante tenían que verse las caras en el primer debate entre los principales candidatos a la Presidencia que se organizaba desde el regreso a la democracia. Hubo uno anterior en esa campaña, pero sin Scioli. Esta vez era un hito histórico, y con la responsabilidad que requería el momento, se estaba preparando el líder del PRO.
Durán Barba, su socio Santiago Nieto y el discreto Marcos Peña, hoy jefe de Gabinete, estaban entrenando al candidato. Le hacían las preguntas que no debían sorprenderlo, fingían las provocaciones que podía lanzarle Daniel Scioli, ensayaban la postura corporal que había que mostrar en público, practicaban las inflexiones de la voz, el movimiento de las manos y la gestualidad del rostro. Sereno, firme, sin enojarse, un poco divertido para llegar también a la audiencia más joven, así debía presentarse Mauricio. Ganador y seguro, más allá de las palabras que dijera, porque lo que más importaba —y Durán Barba se encargaba de repetirlo siempre— era lo que se veía por televisión, no lo que se escuchaba.
Aquello se trataba de un intensivo media coaching, como lo llaman los expertos para darse aires de políglotas.
Macri estaba bien preparado para la pelea.
Pero, ¿qué hacer con Juliana?
Porque ella, claro, también era parte del combo que había que mostrar. Ella lo volvía un ser querible, un esposo enamorado, un padre que se desvivía por los suyos, por la hechicera y la pequeña Antonia, la hechicerita, como ya las llamaba.
Juliana lo hacía ver como un buen tipo, y no como el temible monstruo que describía la propaganda kirchnerista: un millonario insensible que venía a hambrear a los argentinos.
Juliana había ido a los ensayos de su marido y observaba su evolución.
Y Durán Barba la observaba a ella.
Después de discutirlo con Marcos Peña y su equipo, el ecuatoriano se acercó a la esposa de Macri:
—¿Y tú qué quisieras hacer en el final del debate?
Awada no lo dudó:
—La verdad, a mí me gustaría darle un beso a mi marido. Es lo que siento.
Al gurú le brillaron los ojos.
—Pues haz eso —aprobó—. Me parece genial.
Los demás coincidieron. Macri, más que ninguno.
Quedaban unos días de ensayo, más que suficientes.
Además, podían practicar en casa.
La noche del debate, las diferencias entre un candidato y otro fueron notables. Macri ganó puntos de entrada con una frase que lo mostraba al mando de la situación, y que le valió los pulgares en alto de Durán Barba y sus colaboradores.
—¿En qué te han transformado, Daniel? —le dijo a Scioli—. Parecés un panelista de 678…
El candidato K lo había acusado con el argumento de siempre: que Macri propiciaba el ajuste, la devaluación, los despidos y la infelicidad de todos. Y su rival esquivó el embate y lo dejó en ridículo con una simple ironía.
Mientras Scioli denunciaba, Macri enumeraba proyectos y prometía un futuro mejor. Mientras el ex motonauta se mostraba tenso y agresivo, Mauricio sonreía relajado. Mientras el candidato del Frente para la Victoria apretaba la mandíbula, el del PRO distendía el clima con una broma.
Fue una pelea desigual entre un candidato desesperado y otro que les hacía caso en todo a sus asesores de campaña y disparaba frases como las siguientes.
«Daniel, vos no sos el cambio, has elegido ser la continuidad».
«No hagas de vocero mío, hablá de tus temas».
«Ustedes son los que han ajustado, por algo no crecemos desde hace cuatro años».
«Cuando la Presidenta dice que hay 5 por ciento de pobres, ¿miente o dice la verdad?».
«Seguís con el casete de la mentira, de los miedos, de crear un demonio».
«Se necesita un presidente que hable menos y escuche más».
Macri había dominado a su adversario sin demasiados problemas. Pero aún faltaba el final, lo más impactante. El momento de Juliana.
Cuando el debate se dio por terminado, la hechicera subió decidida al escenario montado en la Facultad de Derecho de la UBA, donde se habían enfrentado los dos candidatos en sus atriles, uno al lado del otro. Karina Rabolini, la mujer de Scioli, estaba a mitad de camino cuando Awada, apurando el paso, ya había llegado.
Macri la recibió con el brazo extendido y ella fue directo a darle el beso.
Y qué beso.
No como el del civil, que había sido algo torpe por los nervios del momento.
No, esta vez Juliana pareció partirle la boca a su marido por la vehemente pasión con que lo buscó. Las cámaras y los 53 puntos de rating se quedaron con ellos.
A su lado, Scioli observaba la escena sin entender, con expresión desencajada, mientras le daba la espalda a la demorada Rabolini.
El contraste fue patente.
El candidato K saludó primero a su adversario y a Juliana antes de percatarse de que su mujer también estaba sobre el escenario.
La barra del PRO deliraba.
La imagen, repetida a mansalva en los medios, se convirtió en el mejor resumen de lo que había dejado el debate.
Un candidato optimista y enamorado contra otro que no podía disimular su impotencia.
Durán Barba lo rememoró con deleite:
—Fue un golpe de nocaut —me dijo—. Ese beso apasionado al lado de la frialdad de Scioli y Karina Rabolini… Además, la cara de Scioli al verlo, totalmente desencajado.
—Parecía celoso —lo alenté.
El gurú se embaló:
—Y además, Karina Rabolini se le acercó por el lado del brazo ortopédico a Scioli, y la forma torpe en que ellos se abrazaron, todo un desastre…
—Scioli y Karina no estaban bien preparados.
—La diferencia fue notable. No, en estas cosas no se puede improvisar.
Durán Barba sonreía satisfecho.
La noche del comentado beso, Sergio Massa, presente en el auditorio, le confió a un amigo de Awada, el relacionista público Hernán Nisenbaum:
—Lo que hizo ella fue lo mejor de la noche.
Massa se inclinaba por Macri en la recta final y sabía valorar un buen golpe de efecto.
—Estuvo bárbara, ¿no? —le dijo Nisenbaum.
—Más que eso —Massa estaba extasiado—. Para mí fue la ganadora del debate.
El propio Nisenbaum luego felicitó a Juliana:
—Qué bien estuviste…
—Hernán, no fue premeditado —contestó ella, supuestamente emocionada—, entré a darle un beso a mi marido…
Nisenbaum me dijo, orgulloso:
—Es la primera vez que tenemos un presidente enamorado.
Awada siguió aclarando ante un periodista de la radio Cadena 3: «Esas cosas no se pueden preparar. Hace muchos años que acompaño a Mauricio, siento mucho amor y mucho orgullo, y es mi forma de estar con él». Y volvió a machacar: «En ese momento me dijeron “Vas a subir a saludar a tu marido”, y estaba tan feliz y tan orgullosa que me salió darle un beso así de efusivo, pero somos así de cariñosos y demostrativos».
Durán Barba, el hombre detrás del montaje, me siguió contando:
—Yo creo, además, que están enormemente enamorados de verdad, se nota que se quieren. Buena parte de los políticos de América Latina, casi me atrevería a decir la mayoría de los presidentes, tienen parejas «oficiales». No es el caso de Macri, él está enamorado de Juliana y ella de él.
—¿Cómo cree que era en el caso de los Kirchner?
—Yo creo que eran socios. Hay casos de muy buenas sociedades. Pero fíjate que no sentías el calor de familia con los Kirchner.
—Tal vez tampoco con Scioli y Rabolini, que después de la elección se distanciaron.
—Me da esa impresión. Scioli y Rabolini daban la impresión de ser socios que se llevaban bien, pero no una pareja que se quiere.
—O sea que Macri y Juliana, más allá del beso preparado, se quieren —intenté resumir.
Para Durán Barba todo era una misma cosa.
—Yo creo que Macri comunicó eso: «Adoro a mi mujer, adoro a mi hija». Y es eso.
El amor y el cálculo no se contradecían: eran complementarios.
El gurú del PRO redondeó:
—Lo que se transmite es una imagen de familia. Si un candidato está con su mujer y su hija, no debe ser tan malo el tipo.
Durán Barba me confirmó que Juliana también pasó por un media coaching, uno de esos entrenamientos con expertos para manejarse con soltura en televisión y ante la prensa.
Sus entrenadores fueron el ecuatoriano y otros de los cerebros de la comunicación del PRO, incluida una fonoaudióloga, Micaela Méndez.
—Ella es un arma secreta —me dijo el gurú—, una mujer que estudia el lenguaje corporal y los gestos y aconseja. A «Gaby» Michetti también la ayudó, antes hablaba con la respiración contenida.
El media coaching de Awada fueron cuarenta y ocho horas intensivas que incluyeron simulacros de entrevistas, abordajes de falsos movileros y prácticas de dicción y postura corporal, entre otros ejercicios. «Gaby» Michetti había pasado por lo mismo cuando acompañó a Macri en la fórmula porteña de 2007. En aquella campaña, Macri y Michetti fueron «Mauricio y Gabriela».
Le pregunté a Durán Barba:
—¿Cuándo decidieron que Juliana hiciera este entrenamiento?
—Al principio ella estaba muy tímida en televisión —me contestó—. Transmitía una imagen de desagrado…
—¿Era para tanto? —pregunté.
Durán Barba me señaló un ejemplo preciso:
—Fíjate cuando fue a un programa de Mirtha Legrand, al comienzo de la campaña, en febrero de 2015. No se la veía nada cómoda. Allí decidimos intervenir.
El programa en cuestión no tiene desperdicio.
Fue el 8 de febrero de ese año electoral y entre los invitados, además de Juliana y Mauricio, estaban el conductor Juan Alberto Mateyko, los cantantes Sergio Denis y Divina Gloria, y la bailarina Mora Godoy.
Los Macri, claro, eran el plato fuerte. Pero Juliana no abrió la boca en toda la primera hora de programa.
Entonces intervino Mirtha y leyó una declaración de ella en otro medio.
—Juliana, a ver, vos dijiste esto: «Si Mauricio es el próximo presidente y me tengo que mudar a Olivos, lo voy a hacer. Compartimos lo máximo que podemos, a la mañana estamos con Antonia. Lo bueno es que cuando él llega a casa se desconecta. Me enamoré de una persona que se dedica a esto y lo voy a acompañar».
Awada por primera vez emitió un sonido:
—Es así, eso dije porque… para mí, Mauricio es… eeeh… Mauricio, la persona, mi familia, la persona que elegí y no el político. No lo vivo… o sea, él y…
La chispeante Divina Gloria intentó ayudar:
—Es «Mauri».
Awada siguió sin encontrar las palabras:
—No, no le digo… Le digo «mi amor», pero… eeeh… La expresión de desagrado que señalaba Durán Barba se veía en su rostro.
Mirtha la cortó, impaciente:
—¿Y qué te enamoró de Macri?
—Ya lo dije, Mirtha… —se molestó Juliana, que no quería estar ahí.
—Es acuariano, eso ya es mucho —le puso onda Divina Gloria.
—¿Lo viste y te gustó? ¿Se conocían ustedes? —le preguntó Mirtha.
Awada otra vez tenía que responder:
—Lo conocía como lo conocía mucha gente y… La vez que me invitó a salir, al principio… Por ahí es como… No lo conocía, la verdad, y no me imaginaba que era la persona que es…
Los demás comensales parecían hacer fuerza para que ella terminara de redondear el concepto.
Awada tomó envión:
—Que es una persona increíble, cariñosa, sencilla, sensible, y todo eso me enamoró…
—Qué divino —dijo Divina Gloria.
—Precioso —coincidió Mirtha Legrand.
Juliana se animó a seguir:
—Y además que fue… fue como muy rápido, porque nos conocimos en… en febrero… —dudó un segundo—. En febrero empezamos a salir y a los tres meses decidimos de estar juntos, y de casarnos, y de tener una hija y formar una familia que la ver dad… estoy muy orgullosa de la linda familia que tenemos juntos… y… y mi hija que ya tenía de antes, con sus tres hijos y…
A Awada le costaba soltarse.
Cuando Mirtha le preguntó por la gestión porteña de su marido, ella dijo:
—Lo veo porque lo acompaño un montón y veo la capacidad y… lo que hacen en la ciudad… y la gran… la… —bajó la mirada, contrariada, y siguió buscando la palabra—. La capacidad de gestión que tiene tanto él como su equipo… y lo veo. Pero no es que me esté… que llegue a casa después de un día largo y le esté preguntando…
Mirtha, solidaria, le dio tregua por unos minutos.
Y al rato anunció:
—La producción me pone un letrero: que la muestre a Juliana.
Awada se levantó de su silla sin decir palabra y desfiló por el estudio. Llevaba puesto un impactante vestido negro diseñado por ella misma.
Era para lo único que estaba preparada.
Mirtha Legrand bromeó con su extrema delgadez:
—Está un poco gorda esta chica, qué lástima. Mirá qué preciosa…
Juliana volvió a sentarse:
—Esto es de Awada —vendió su vestido.
Mateyko se hizo el chistoso:
—Ahora Mauricio va a desfilar…
El momento de lucir su belleza había sido el único en que no había trastabillado.
Pero se suponía que ella, como aspirante a primera dama, debía ser más que un mero objeto decorativo. Y aunque lo era, eso había que demostrarlo.
En los días siguientes de su traumático paso por el programa de Mirtha Legrand se puso en marcha el media coaching.
Durán Barba me dijo que le aconsejó:
—Sé tú misma, no hables de política, di lo que piensas…
Quería sacarle la presión del «deber ser», los nervios de aparentar un personaje.
Ella le preguntó:
—¿Y qué decís? ¿Me tengo que «coachear»? No me gusta…
—Solo sé tú misma —le dijo el gurú—, no trates de ser otra, la gente se percata de todo.
—Entiendo —dijo ella.
El media coaching era inevitable. Porque, además de aprender a relajarse, lo cierto es que no venía nada mal aprender algunos trucos.
En el entrenamiento le recomendaron que contestara simple en los reportajes.
—No tenés que resolver la economía o la inseguridad en la respuesta —fue el consejo que escuchó con atención.
Durán Barba lo resumió así:
—Ella se tiene que mostrar como lo que es, con respuestas sinceras y sin guion.
El cambio de Juliana fue notable. Entre el pánico escénico en lo de Mirtha y el apasionado beso en el debate presidencial había un abismo de diferencias.
Y había, sobre todo, mucho ensayo.
Antes del famoso beso, Awada ya había mostrado su evolución en el programa de Marcelo Tinelli, quien en mayo de 2015 invitó a los tres principales candidatos, Macri, Scioli y Massa, a bailar junto a sus imitadores de Showmatch. Ya que Scioli, que por entonces lideraba las encuestas, puso como
condición salir primero y estar acompañado por su mujer Rabolini, a los otros también se les sumaron sus esposas en una decisión de último momento.
Macri le avisó a Juliana:
—Me tenés que acompañar esta noche a lo de Tinelli.
—¿¡Hoy!? —se desesperó ella.
Lo contó luego la propia Awada en un reportaje.
Esa noche, todo salió más que bien.
Primero fueron presentados Scioli y Karina, y ella bailó un breve tango con el imitador de su marido.
Luego llegó el show de Mauricio, Juliana y el imitador de él, Martín Bossi. Macri y su clon bailaron sobre el escenario con esos movimientos característicos de discoteca de los años 80 que practica el jefe del PRO en sus actos.
Awada aplaudía, divertida, y Macri fue a estamparle un rotundo beso en la boca, algo que la anterior pareja no había hecho. Ese beso, el antecedente del otro, pareció terminar de relajarla.
Estaba con un sensual vestido negro por arriba de las rodillas.
Bossi, el falso Macri, la saludó:
—Mi amor, querida… No digo Awada porque me da inundación.
Tinelli bromeó con ella:
—Es difícil tener dos maridos.
—No, tengo uno solo —se rio Juliana.
—Sí, somos uno solo —dijo Bossi.
Cuando los despidió, Tinelli siguió con la chanza:
—Hoy se va a ir con dos «Juli», decidan después ustedes qué van a hacer.
—Son muy parecidos —bromeó ella—, estoy muy sorprendida.
—Sí, estamos muy bien los tres —dijo Bossi.
Tinelli se doblaba de la risa.
Juliana lo tomó del brazo para que le acercara el micrófono:
—Igual, mi marido tiene algo especial, así que me quedo con mi marido —le aclaró, pícara.
Mauricio sonrió, viril y ganador.
Durán Barba y su equipo levantaban sus pulgares detrás de cámara.
Un avance formidable.
Por último pasaron Massa y su esposa, la combativa Malena Galmarini. Ninguno de los dos bailó con el imitador. Ni se dieron un beso. Malena estaba vestida de manera informal, con pantalón y blusa. Y muy tensa.
Ella luego se diferenció de las otras:
—Somos gente normal… ¿A quién no le gusta la pilcha? Pero yo no tengo 2.000 dólares para gastar en un par de zapatos.
Sin embargo, el discurso atrasaba una década.
En los eventos y las galas de beneficencia, donde las tres mujeres suelen coincidir, Awada y Rabolini, amigas desde los tiempos de la relación con Bruno Barbier, le hacen el vacío a la peronista Malena, hija de un ex funcionario de Menem, «el Pato» Galmarini.
La revista Noticias le preguntó a Karina tras una cena de la fundación Conciencia:
—Trascendió que usted y Juliana no quisieron sacarse una foto con Malena.
—No nos hemos cruzado con ella —se desentendió Rabolini—. No nos cruzamos mucho.
Es cierto: siempre van a los mismos eventos, pero nunca se cruzan. A pesar de eso, Massa es un fan del beso de Awada.
Entre las amigas, Juliana y Karina, también se enrareció el aire por la campaña, más allá de que una besara a su marido en público y la otra prefiriera no hacerlo.
Cuando por esa época intenté juntarlas para una entrevista para la revista Noticias, uno de los voceros de Scioli fue lapidario:
—Imposible, sería rebajarla a Karina, ella está en la política hace más de veinte años. No las comparen.
Del lado del macrismo, la respuesta de uno de los voceros fue similar:
—Juliana no se va a prestar a eso. Estamos en campaña y hay que marcar las diferencias, no dar el mensaje de que somos lo mismo.
—Pero si ellas son amigas —le dije.
—Por eso mismo —contestó el vocero—. Queremos evitar que eso se convierta en una charla de amigas.
El millonario Bruno Barbier, amigo de una y ex pareja de la otra, por esos días no tomaba partido por ninguna de las dos. En realidad no le hubiera disgustado que ambas perdieran.
Esto le dijo el belga a un conocido abogado que me transmitió la frase:
—Me da mucha pena por las dos, es muy doloroso. Si tú quieres a tu familia, no quieres que llegue a la presidencia…
«Charly» Oviedo Montaña, ex vocero del PRO que antes lo fue de Scioli, también conocía bastante a ambas mujeres.
—Karina pega con su simpatía, Juliana con su belleza —me dijo—. En lo de Tinelli, Awada le ganó por afano, esa es la evaluación interna que se hizo en el PRO. Si da diez años menos que Karina…
En realidad, la diferencia es de ocho.
A partir de la experiencia en Showmatch, los cerebros del PRO decidieron que Macri y Awada se pasearan siempre juntos por todos los programas de televisión. Juntos y de la mano, como dos enamorados adolescentes, y como habían olvidado hacerlo en lo de Mirtha.
El resultado fue bueno: aflojó a Macri y lo transformó en un hombre sensible y feliz, que regaba de galanterías a su hechicera.
Nisenbaum exageró:
—No sé si ganaban la elección sin Juliana. Lo de ella en los medios fue fundamental.
El relacionista público por esos días leyó una encuesta online en el sitio web Diario Veloz, de «Chiche» Gelblung, donde se les preguntaba a los votantes: «Karina Rabolini, Juliana Awada y Malena Galmarini: ¿quién marca más tendencia con su belleza, simpatía y glamour?». El resultado era aplastante: 80 por ciento para Juliana, 16 para Karina y 4 para Malena.
Nisenbaum imprimió la encuesta y se la llevó a su amiga Awada:
—¿Viste esto? Y se quedaron cortos…
—Ay, Hernán, qué amor —le agradeció ella ese bello gesto.
Le pregunté a Durán Barba si había analizado la imagen de la esposa de Macri en algún focus group, como se denominan los estudios cualitativos que el marketing político copió del rubro de la publicidad. Se trata de un grupo acotado de entrevistados de distintos segmentos sociales y educativos a quienes se les piden opiniones subjetivas sobre los temas queinteresan al consultor. Son conejillos de indias cuyas reacciones, temores y prejuicios ante distintos tópicos guían a quien formula las preguntas.
Durán Barba, claro, había hecho un focus group sobre Awada porque para eso le pagan.
Me dijo:
—Lo primero que nos llamó la atención es que no se la percibía como una amenaza. Muchos recordaban malas experiencias de parejas del pasado, Perón-Perón, el «Pingüino» y la «Pingüina», cosas que no habían salido bien…
—Y con Juliana eso no se daba.
—Exacto. Con ella, la gente decía «qué bueno, no va a ser candidata esta». «Esta no va a ser presidenta nunca». Con Rabolini y Malena Massa eso no era tan claro, las dos habían sonado alguna vez como candidatas a algo.
—Era un alivio que la mujer del jefe no se quedara con el poder.
—Totalmente. La gente no ve bien las parejas políticas. Además, Juliana no irradia una imagen de soberbia, todo lo contrario. Candidez, sencillez, esos son los atributos que los encuestados le ven.
—Interesante.
—Y algo más —acotó Durán Barba—: Juliana transmite una imagen familiar muy fuerte. Todo el tema de ella y la hija, Antonia, está muy presente en las encuestas.
—Casi un ama de casa.
—La gente la ve solo como esposa y eso da mucha tranquilidad. Toda esa idea instalada con los Kirchner de que la política no estaba para servir, sino para agredir, ahora se fue disipando…
—¿Y es correcta esa percepción de los encuestados? —pregunté.
Durán Barba rio:
—En mi trabajo, lo que dicen las encuestas es la verdad absoluta.
El cliente, en este caso el encuestado, siempre tiene la razón.
Ante las cámaras, Awada había aprendido a proyectar una imagen de esposa feliz y hacendosa. Su otro yo, «la Turca», de la que se cuidan los funcionarios de su marido, ya apareció en otro capítulo de este libro.
Una de las obsesiones comunicacionales del PRO es comparar a Juliana con la popular Michelle Obama, a quien agasajó en su visita de este año a la Argentina. Ya se dijo que la esposa del presidente estadounidense es abogada y socióloga y fue jefa de su marido en un estudio jurídico, y que Awada, aunque bella y ambiciosa, no llegó más allá de bachiller. Pero los propagandistas del macrismo encontraron un remedio para eso.
Ahí están las imágenes calcadas que repiten a ambas primeras damas en las mismas situaciones. Michelle trabajando en la huerta de la Casa Blanca, y Juliana ídem en su nueva huerta de Olivos. Michelle bailando en público, y Juliana ídem. Michelle de compras en el supermercado, Juliana ídem. Michelle con sus hijos, Juliana con Antonia. Michelle repitiendo un vestido azul, Juliana una parka militar. Bo, el perro de los Obama, jugando con la familia. El perro del PRO, Balcarce, ídem. El presidente Barack ajustándose el moño, y su colega Mauricio, la corbata (ahí hay una diferenciación interesante).
No hace falta decir que las imágenes de los Obama en todos los casos anteceden a las de los Macri. La revista Noticias publicó el álbum paralelo de las dos familias y lo tituló: «Marketing en el espejo».
Y algo más: el primer beso famoso de las campañas políticas modernas fue el que Michelle le dio a Barack tras el discurso de su victoria, en noviembre de 2008.
También fue bastante apasionado.
En algo coincide la mayoría de los funcionarios y es en cómo cambió Macri desde que está enamorado de Juliana.
La metamorfosis fue sorprendente para quienes vienen trabajando con él desde sus inicios en la política.
Diego Santilli, uno de ellos, hoy vicejefe de la ciudad, me dijo:
—Mauricio hoy es otra persona, Juliana le dio mucha paz. Lo estabilizó.
Durán Barba coincidió:
—Juliana y la hija, Antonia, hicieron un milagro con Macri. No se lo reconoce.
Y recordó lo que le dijo al jefe antes del balotaje:
—Espero que cuando ganes no te vuelvas hijo de puta otra vez.
Por ahora, dijo, eso no ocurrió.
Hay funcionarios que aún recuerdan el desagradable trato que el antiguo Macri les dispensaba.
—Te citaba a una reunión en su oficina y de repente se iba, te dejaba solo ahí sentado —contó un viejo colaborador.
Puedo dar fe porque me ocurrió en una entrevista con él cuando asumió la jefatura porteña.
—No me rompan las bolas —se despidió ese día, molesto con algunas preguntas.
En otra oportunidad, su ministro de Seguridad porteño, Guillermo Montenegro, le llevó al director del FBI que estaba de visita en Buenos Aires y quería conocer al nuevo jefe de Gobierno porteño. Mauricio solo le dio la mano al norteamericano y se fue. Fin de la historia. Montenegro no supo
bien qué decirle al jefe de los agentes federales de los Estados Unidos.
Una escena que lo pintaba de cuerpo entero es la que vivió Pablo García, un joven funcionario experto en temas de seguridad que en los inicios del Gobierno de la ciudad estaba a cargo del proyecto de la Policía Metropolitana.
—¿Qué modelos de policía hay para copiar? —le preguntó Macri en la reunión decisiva.
García le resumió las opciones:
—Está el francés, el español y el de la policía de Miami, que fue reformada.
Macri evaluó la respuesta unos segundos y concluyó:
—Y bueno, andate a Miami.
García, quien iba a detallar todas las opciones con una parafernalia de números y gráficos, quedó sorprendido por la fulminante decisión del jefe de la ciudad.
—Bueno… ¿Ya eligió ese modelo, entonces?
Macri solo dijo esto:
—Allá es 3 a 1.
Y se terminó la reunión.
Los ministros que participaron se quedaron mirando entre ellos.
Uno explicó:
—Claro, en Europa nos sale más caro, el cambio es 5 a 1.
El jefe había optado por Miami porque los dólares eran más baratos que los euros. Solo por eso.
Ya en los tiempos de Boca, Diego Maradona lo había bautizado «Cartonero Báez» por su proverbial tacañería.
—Él era un aparato antes de Juliana —resumió uno de los ministros que mejor lo conocen—. Un tipo frío y refractario.
Entre el Mauricio de esos tiempos y el del apasionado beso del debate no hay comparación posible.
Para reforzar ese beso, allí están las picantes declaraciones de los novios.
—Vivimos tocándonos, nos agarramos la mano —le dijo ella a Mariana Fabbiani en su programa—. Además, siempre estoy predispuesta.
Macri, a su lado, se rio:
—Tenemos demasiado sexo. Ella es insaciable.
Al conductor Santiago del Moro se le ocurrió llamar al celular de Awada para sacarla al aire en su programa Intratables.
Eran las once y media de la noche y los Macri estaban ya en la cama. Pero esa vez, durmiendo.
—Hola, Juliana, te habla Santiago del Moro, en vivo —los interrumpió el conductor.
—Estoy durmiendo a esta hora —cortó ella, malhumorada.
—Ay, disculpame, disculpame. Qué mal, qué mal, qué mal…
Macri contó que ella tiene un pésimo humor cuando se la despierta de noche, algo que él hacía en los primeros tiempos de la relación.
—«Juli», te quiero contar algo…
—¿Eh? ¿Qué pasó? ¿Qué hora es?
Y después la escena terminaba a los gritos.
Al día siguiente, él la chicaneaba:
—Me parece que ese es tu verdadero yo…
También se divertía contando la historia cuando iban juntos a la televisión.
—Ella tiene un humor a veces… —arrancaba Macri.
Y Juliana protestaba:
—Ay, no, otra vez vas a contar lo mismo.
Macri además dijo en un programa que Juliana es algo obsesiva, una característica que ella misma reconoce.
—Dejo algo en el escritorio y cuando lo voy a buscar, ya no está. ¡Me lo guardó en un segundo! —se quejó él.
—Pero él deja las cosas por ahí —se justificó ella.
La hechicera admite que tiene «carácter fuerte», más allá de cómo la evalúen las encuestas cualitativas de Durán Barba.
A pesar de ese costado ambicioso, a Juliana no le disgusta mostrarse como ama de casa. Hizo un curso de cocina con Alicia Berger, clave para preparar sus milanesas mágicas, y también se esmera en mimar a Macri con su otro plato favorito, los alcauciles. «Le gustan tanto que se los preparo en ensalada, con pasta, de mil formas», explicó. Dijo que su lugar preferido en la casa es la cocina, no el dormitorio. Y que su momento del día es la mañana, después del gimnasio, cuando está a solas consigo misma, sin su marido y sus hijas. A Macri, antes de salir, le sirve un vaso de jugo de naranja. Él no la acompaña con el mate, esa infusión tan de clase media. «No le gusta», explicó Juliana.
Hoy se la ve algo distinta, extremadamente delgada y con los labios más carnosos. Claudia Pandolfo, la asesora de imagen, cree que difícilmente se trate de botox, a pesar de lo que indican algunas versiones.
—Hoy lo que se usa es una crema de La Prairie para inflar los labios —me dijo Pandolfo—, lo otro ya quedó atrás.
Labios carnosos para besar mejor al candidato.
Pero Juliana tiene su carácter para seguir siendo quien es, a pesar de algún retoque.
Y para seguir fumando, cada tanto, algún cigarrillo a espaldas de él, que detesta el humo.
—¿Así que vos fumás? —la sorprendió hace poco un periodista en la trastienda de un acto.
Ella dio una pitada y guiñó el ojo.
—Solo de vez en cuando. Pero no le digas a nadie.
La noche del debate presidencial, después del beso, un amigo también la vio fumar a escondidas, en un aparte.
Nadie iba a decirle nada. Era su noche.
El poder de Juliana radica también en sus secretos. Y su ambición, detrás de las apariencias, es tan vehemente como ese beso que cerró el debate.
Un beso indefinible. Nacido del cálculo, pero también del amor.
—Me salió así, no fue algo premeditado —sigue insistiendo Juliana hasta hoy.
Lo dice campante, con una sonrisa, como si hubiera terminado por convencerse a sí misma.
* Extraído del libro “Juliana” (Planeta, 2016)
